Un niño que deja de jugar, una adolescente que comienza a aislarse o una caída repentina en las notas pueden interpretarse como situaciones propias del crecimiento. Sin embargo, cuando estos cambios aparecen abruptamente, persisten o comienzan a afectar la vida cotidiana, pueden ser señales de que algo requiere mayor atención.
De acuerdo con Adriana Hernández Castillo, trabajadora social y coordinadora técnica de la Asociación Roblealto, reconocer estas señales de forma temprana permite intervenir antes de que una situación temporal se profundice y genere mayores afectaciones emocionales, educativas, sociales o familiares.
“No se trata de alarmarse ante cualquier cambio. Hay que observar su intensidad, frecuencia y cuánto interfiere con la vida cotidiana. Una variación importante respecto al comportamiento o desarrollo habitual de la persona menor de edad merece atención”, explicó Hernández.
Entre las principales señales se encuentran el aislamiento repentino, irritabilidad extrema, agresividad o tristeza persistente; pérdida de habilidades ya adquiridas; cambios importantes en el sueño o apetito; dolores recurrentes sin explicación médica; ausentismo o una caída abrupta en el rendimiento escolar y dificultades severas para socializar.
Otros indicadores requieren una respuesta inmediata, como las autolesiones, expresiones relacionadas con no querer vivir o conductas sexualizadas que no corresponden con la etapa de desarrollo.
¿Cuándo es momento de buscar ayuda?
Para madres, padres, docentes y personas cuidadoras, tres factores pueden ayudar a determinarlo: duración, intensidad e impacto en la rutina. Si el cambio persiste, aumenta o provoca que la persona menor de edad deje de asistir a clases, abandone actividades que disfrutaba, tenga dificultades importantes para dormir o relacionarse, es recomendable acudir a profesionales especializados.
Actuar oportunamente puede prevenir que una crisis se cronifique y reducir riesgos posteriores como rezago o deserción escolar, exposición a violencia, consumo de sustancias o un mayor deterioro de la dinámica familiar.
“Buscar ayuda no representa un fracaso en la crianza. Ante la sensación persistente de que algo no está bien, es preferible consultar y valorar la situación antes que ignorar una posible señal de riesgo”, señaló Hernández.
El acompañamiento profesional también permite observar el problema desde distintas dimensiones. Psicología, trabajo social, salud y educación pueden identificar factores emocionales, familiares, físicos o académicos que no necesariamente son visibles al analizar una conducta de manera aislada.
Para Asociación Roblealto, esta articulación constituye una red de protección alrededor de la persona menor de edad. La familia, el centro educativo, profesionales, comunidad e instituciones pueden detectar señales diferentes y actuar conjuntamente antes de que una situación de vulnerabilidad se agrave.
“La protección de la niñez no puede recaer en una sola persona o institución. Una red fortalecida funciona como una malla de seguridad: cuando uno de sus componentes atraviesa una dificultad, los demás pueden contribuir a sostener y proteger a la persona menor de edad”, concluyó la especialista.